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“EL POPOL VUH, o Libro del Consejo Maya Quiché”; Ensayo de Fredy Valiente Contreras

 

 

 

 

 

 

 

 

Presentación del Editor de RafTulum

 

Es un placer y un honor el presentarles ahora, “EL POPOL VUH, o Libro del Consejo Maya Quiché”, erudito ensayo elaborado por Fredy Leonel Valiente Contreras, poeta, catedrático y escritor guatemalteco/nicaragûense, quien actualmente reside y trabaja en Nicaragua para la Universidad de las Regiones Autónomas de la Costa Caribe Nicaragûense, URACCAN.

Como en la mayor parte de la obra literaria del profesor Valiente Contreras, en este ensayo se refleja no solo una ardua, paciente y rigurosa labor de orfebrería fina, que trasluce conocimiento profundo y erudición con relación a la ancestral y milenaria cultura Maya.

Por ello mismo, su obra apenas si necesita presentación alguna; desde el incio el lector encontrará en esta  la lucidez y transparencia de quien ha buceado con soltura y solvencia en tan profundas aguas de la sorprendente y milenaria civilización de los pueblos hechos de Tiempo y de Maíz.

El Editor de RT.

 

A continuación pueden “pinchar” en el siguiente enlace para leer el ensayo completo.

 

 El Popol Vuh ensayo de Fredy Leonel Valiente Contreras

 

 

 

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El blog “Círculo Literario Aqoya” forma parte de la sección cultural de la Revista RafTulum.

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“Elogio de la lucidez”; Ilios Kotsou

 

 

 

 

 

 

Elogio de la lucidez

Ilios Kotsou

Ya el título de la obra resulta lo suficientemente provocador para acercarnos e introducirnos en sus páginas. Y lo es porque nos trae a la memoria otros elogios que pueden actuar como catalizadores, centrándonos en él.

¿Acaso no nos recuerda al erasmista Elogio de la locura? O, también por contraste, el Elogio de la sombra, bien en la obra de Humichirô Tazinaki, bien en el hermoso poema de Jorge Luis Borges; y, también en forma de poema, el Elogio de la quietud, de Alfredo Buxán; o, en formato de vídeo, el Elogio de la luz, de Juan Navarro, por no olvidar el más exitoso libro Elogio de la lentitud, de Carl Honoré.

Es este un libro en el que se habla de la felicidad. Un concepto inasible y que, sin embargo, nos resulta abrumadoramente actual, pues estamos siendo continuamente bombardeados por mensajes que nos la prometen, mediante una serie de eslóganes que, a la hora de la verdad, son incapaces de saciar esa ansia innata de una vida feliz.

A tener en cuenta: una enfermera, que atendía a residentes ancianos, les preguntó por las cosas que habrían hecho y que dejaron de hacer; de manera masiva, respondieron que les habría gustado dedicar más tiempo a ser felices.

¿Qué es la felicidad? Para Aristóteles era el bien supremo y sus compatriotas la consideraban algo útil para el bien de la polis; se alcanzaba a través de las enseñanzas de la sabiduría, algo reservado a unos pocos. El cristianismo cambió el escenario de la felicidad, trasladándolo de esta vida a la del más allá, donde se lograría la felicidad plena y perfecta.

La declaración de independencia de los Estados Unidos la considera un derecho humano inalienable. Hasta que el capitalismo la convirtió en un negocio, pues para alcanzarla habría que recorrer el camino del consumo, creando ilusiones de felicidad.

Pero no, no es posible ser siempre feliz. Al contrario, la felicidad está para ayudarnos a hacer frente a la sucesión de problemas que constituyen la vida y a sobrevivir a pesar de ellos; su función es la de hacer vivible la vida.

¿Y de qué trata este libro? Christophe André, en el Prefacio que firma, nos lo dice claramente: “habla de un trabajo sobre un alegre y saludable desengañarse, sobre una limpieza profunda de la idea de felicidad.

Al mostrarnos cómo cultivar lucidez y libertad, nos ayuda a eliminar lo ilusorio, que nos orienta hacia falsas felicidades, o hacia felicidades inquietantes e irreales. Despeja el terreno para las verdaderas felicidades.

No son perfectas, pero sí lúcidas. Nos enseña a no soñar en cómo alcanzar la felicidad, sino más bien en cómo amarla y facilitarla”.

Eso sí: nos exige una aceptación de esa realidad que, siendo convincente y lúcida, pues se apoya en una alianza tranquila entre ciencia y sentido común, carece sin embargo de pruebas.

Pero no nos engañemos: no se trata de un libro triste “sino, al contrario, es una obra alegre llena de frescura y repleta de una energía contagiosa que nos alegrará el corazón y movilizará el espíritu”.

Qué felicidad

Ilios Kotsou nos ofrece, tras el Prefacio, una interesante Introducción, en la que nos advierte de que la obra que tenemos entre las manos no es un recetario de soluciones precocinadas, sino que de lo que trata es de advertirnos de ciertas trampas que nos alejan de una vida llena de sentido a la vez que propone alternativas.

No intenta hacer un tratado de la felicidad, tarea excesiva para los fines de su ensayo; pero sí se remite a dos definiciones utilizadas en la investigación científica: la hedonista, que la define en términos de placer y ausencia de dolor; y la eudemónica, que hace referencia a la impresión de que nuestra vida, en su conjunto, merece la pena ser vivida.

Nos muestra la paradoja de nuestra actualidad, cuando disponemos de condiciones susceptibles de hacernos felices y, sin embargo, los problemas de salud mental aumentan.

Y se cuestiona sobre el rigor de los diversos manuales que, desde sus páginas, nos brindan un bálsamo de Fierabrás capaz de eliminar los obstáculos que se interponen para alcanzar una supuesta felicidad.

Antes de introducirnos en la primera de las dos partes que componen la obra, Kotsou nos propone unas páginas dedicadas a La trampa de la idealización.

Nos plantea cómo, en la actualidad, se nos vende la idea de que una vida feliz no comporta pruebas ni sufrimientos, que la felicidad sería un estado duradero de plenitud y satisfacción, un estado agradable y equilibrado de la mente y el cuerpo del que estarían ausentes el sufrimiento, el estrés, la inquietud y la angustia.

Y que ese estado se obtiene mediante el consumo de productos que vengan a satisfacer necesidades reales o creadas. Es una felicidad hedonista.

Se nos impone la idea de que la felicidad es un imperativo que hay que alcanzar; y, si nos obsesionamos en su búsqueda, corremos el riesgo de dejar de evaluar nuestra existencia según lo que realmente nos sucede. Incide en cómo esta corriente despierta en nosotros unas expectativas que, al no verse cumplidas, nos llevan a la decepción por no ser felices; y traslada tales ilusiones a las relaciones de pareja, que solemos idealizar, con cuya frustración tendemos a no aceptar a la otra persona tal cual es.

Esta obsesión por perseguir idealizaciones corre el riesgo de aumentar nuestro individualismo, al considerar que es más importante mi éxito y supuesta felicidad que las relaciones con los demás, con lo que tendemos a descuidarlas e, incluso, a no relacionarnos.

Felicidad con trampas

Se trata de un capítulo que nos deja a las puertas de la primera parte del libro, Las trampas de la felicidad. En ella, dibuja algunas de las corrientes actuales que preconizan una felicidad a base de recetas, para alcanzar ese estado de carencia de sufrimientos y dificultades.

Insiste el autor en que, actualmente, es casi una imposición el tratar de encontrar ese estado de felicidad. Y uno de los medios que se utilizan más asiduamente es el evitar todas las emociones que nos puedan producir dolor o malestar, lo que conlleva una serie de consecuencias que aborda en un apartado que denomina Los peligros de la lucha contra el malestar.

Se trata de lo que se denomina evitación emocional; lo que es considerado en un doble aspecto: de un lado, no aceptar vivir las emociones, las sensaciones o pensamientos desagradables; y, por otro, intentar controlar o modificar esos sentimientos y las situaciones que los generan.

No hay nada malo en buscar esa evitación, un mecanismo adecuado de supervivencia; pero puede acarrear negativas consecuencias cuando se recurre a él de manera rígida y excesiva.

Hay comportamientos de evitación que funcionan muy bien a corto plazo, como el beber, fumar o usar drogas; un comportamiento que conlleva el peligro de la adicción. Por otro lado, el intentar evitar una situación o una emoción incómoda y molesta, puede llevarnos a renunciar a muchos comportamientos y a momentos útiles, felices o, incluso, importantes.

Otro efecto colateral de la evitación es que puede interferir en lo que realmente nos importa, en lo que podría contribuir a una vida rica a largo plazo. Es más: tratar de reprimir las emociones puede traer consecuencias a nivel interpersonal, rehuyendo diálogos complejos o desagradables que solo ocultan la existencia de un problema real.

A lo que se añade que la evitación puede embotar nuestra sensibilidad frente a sentimientos y emociones agradables, como la alegría, el amor o la belleza. Y no cabe duda de que puede llevarnos al uso de medicamentos destinados a ayudarnos a amortiguar el efecto de esas emociones que rechazamos.

Como bien explica el autor, “la evitación de nuestras emociones, en lugar de hacer que vivamos mejor nuestra vida, reduce nuestras posibilidades, nuestras elecciones y nuestra calidad de vida.

Pasamos a convertirnos en prisioneros de nuestras estrategias de control.” Y concluye acertadamente: “vivir es en ocasiones desagradable, pero no podemos evitar el malestar interior sin, en alguna parte, evitar vivir. […] Aprendamos entonces a no transformar nuestros dolores en sufrimientos.”

Todo lo puedo

Otra de las trampas de la felicidad es El mito del pensamiento positivo. Se trata de una corriente actual que propugna cambiar los pensamientos con carga negativa por otros positivos, mediante la reiteración de su enunciado, para tratar de convencernos de su realidad. “De creer a algunos gurús del pensamiento positivo, nuestra vida sería el simple reflejo de nuestros pensamientos: al controlarlos podríamos tener todo lo que deseásemos”, arguye el autor.

Los defensores del pensamiento positivo convienen en considerar que nuestras desgracias y dificultades provienen del hecho de que pensamos negativamente, por lo que la solución consistiría en controlar los pensamientos negativos, suprimirlos y solo tener pensamientos positivos, con la idea de dirigir nuestra vida hacia el éxito y la felicidad.

Pero esto nos conduce a aceptar el mito del control que nos hace creer en la posibilidad, siempre buscada ciertamente, de dominar el entorno para evitar al máximo lo imprevisto y los riesgos; y, según estudios que aporta el autor, la tentativa de suprimir un pensamiento conduce a una subsecuente intensificación de él, a un efecto rebote. Parece evidente que el hecho de repetir a voluntad una frase con la idea de que condicionará nuestro inconsciente, modificándose así nuestro estado y nuestra vida, no constituye una verdad incontestable.

Pero es que, además, el fracaso de la aplicación de esta técnica puede llevar a un sentimiento de culpabilidad, al hacer recaer toda la responsabilidad de una situación sobre el individuo, en lugar de en factores sociales determinantes y en el contexto; sin caer en la cuenta de que conceder a los pensamientos un protagonismo central en nuestra vida y al presuponer que determinan directamente nuestros comportamientos, nos lleva a tomar esos pensamientos por hechos, convirtiéndonos en sus esclavos.

Ahora bien, el autor distingue claramente entre pensamiento positivo y psicología positiva; el primero es una corriente que postula un efecto mágico de los pensamientos en nuestra vida, mientras que la segunda, la psicología positiva, es una disciplina científica que estudia los medios de mejorar de manera realista el bienestar individual y colectivo, concentrando nuestra atención en los recursos, en lugar de en las dificultades. Lo que no implica, ciertamente, que Kotsou niegue que los pensamientos tengan influencia sobre nuestras vidas.

La autoestima

Otra trampa que pretende desactivar Ilios Kotsou: Los espejismos de la búsqueda de la autoestima, considerada como la opinión, positiva o negativa, que se tiene de uno mismo. Algo que, siendo natural en nosotros, algunas corrientes parecen sobrevalorar los beneficios que proporciona.

Y lo hacen al considerar como base fundamental para el éxito en cualquiera de los campos de la vida de las personas el tener una autoestima alta. El autor trata de demostrar, basándose en diversos estudios académicos, que la autoestima alta es más bien el fruto del éxito, no la fuente de la que emana aquel.

Tampoco parece quedar demostrado que la debilidad de una autoestima sea el origen de una actitud de agresión personal, al intentar compensar aquella debilidad; es justamente el narcisismo el que provoca niveles de agresividad elevados. Aunque el autor deja claro que, lógicamente, la autoestima no es un tema fuera de lugar o algo superfluo y no necesario; lo que reclama es su justa medida.

Por otro lado, se puede apreciar cómo una búsqueda enardecida de la autoestima pasa a convertirse en el motor de nuestras acciones, lanzándonos a una carrera en un afán que dirige nuestras vidas.

Es cierto que tal búsqueda puede proporcionar beneficios emocionales a corto plazo, pero también es cierto que, a largo plazo, no influye positivamente en los factores determinantes de nuestro bienestar que representan los lazos sociales, el aprendizaje o la autonomía.

Y ello es así porque, en el fondo, esa búsqueda está motivada por factores externos, en lugar de por una motivación interior.

Cabe aquí hablar también del perfeccionismo, un comportamiento asociado a la autoestima, por el que, para tener valor, queremos corresponder absolutamente a un estándar que no alcanzamos jamás; lo que deviene, naturalmente, en una eterna insatisfacción y una mayor exigencia hacia nosotros mismos y hacia los demás. Además, se corre el peligro de, ante tanto fracaso en alcanzar ese ideal, pensar en abandonar nuestros objetivos para no salir nuevamente heridos.

Por otro lado, la búsqueda exacerbada de la autoestima interfiere también en la calidad de nuestras relaciones sociales, pues nos centramos obligatoriamente y en primer lugar en nosotros mismos, en detrimento de los sentimientos y necesidades de los demás.

Como también la sociedad concede mucha importancia a valores extrínsecos como la apariencia, el poder o el estatus social, esa búsqueda de la autoestima nos hace aún más frágiles y fáciles de manipular, llevándonos, acuciados por esa búsqueda, a situaciones de ansiedad y de estrés importantes cada vez que no nos sentimos a la altura, alejándonos de lo que entendemos por felicidad.

Y concluye el autor: “Cuando la autoestima se convierte en nuestro objetivo esencial, nos obsesionamos en alcanzar esa meta a expensas de lo que realmente requiere la situación. A partir de ese momento y aunque esté basada en valores muy hermosos, la búsqueda de la autoestima corre el riesgo de volverse contra nosotros”.

Mirarse el ombligo

Un último espejismo de felicidad, que termina en inevitable fracaso, es el que aborda el autor para finalizar la primera parte de la obra: el ombliguismo, El punto muerto del ombliguismo.

Se trata de una tendencia que solemos tener en mayor o menor grado y que hace referencia al sentimiento rígido y reductor según el cual el mundo gira solo alrededor de nosotros.

Y no únicamente se da cuando pensamos que todos nos deben reverencia y atención por ser los mejores; igualmente ocurre cuando resaltamos nuestros propios defectos o dificultades, pretendiendo ser el centro de todo el interés.

Piensa Ilios Kotsou que, en gran medida, esto se debe a que hemos creado una generación en la que hemos incrementado su personalidad hinchada, haciéndola sentir desproporcionadamente su valor personal.

Esto se percibe claramente en las redes y en los medios de comunicación social, donde todos cuidan su imagen digital e intentan mostrarse de la mejor manera posible.

No cabe duda de que este afán autocentralizador lleva a intensificar aquellos aspectos que nos hacen diferentes de los otros: “el obliguismo conduce a sus víctimas a percibir su entorno y a los demás en función de lo que les separa y diferencia”.

Indudablemente, ello conduce a que estas personalidades narcisistas sean más propicias a hacer trampas por su necesidad de ser admiradas y de mostrar su superioridad a los demás; y, al propio tiempo, son más propensas a presentar elevados niveles de la hormona del estrés, el cortisol.

Una persona de estas características se forja una imagen de sí misma a la que se aferra de manera irrenunciable, llevándola a encorsetarse en ella evitando cualquier contradicción con esa concepción; crea una narración de su imagen que le sirve para justificar sus pensamientos y comportamientos, que continuamente la confirman y refuerzan, independientemente de las informaciones objetivas del entorno.

Si en algún momento, su actuar difiere de tal imagen, crea perturbaciones en las referencias tranquilizadoras de las personas que la rodean, de ahí, su resistencia al cambio. Y, por supuesto, una persona así se hace muy reactiva hacia todo aquello que presiente como una amenaza a su imagen.

Concluye el autor: “El ombliguismo nos paraliza, circunscribe nuestra identidad a algunas descripciones limitadas de nosotros mismos, nos encierra, nos separa de aprendizajes que podríamos vivir y nos priva de experiencias que entrarían en contradicción con dicha conceptualización”.

Caminando hacia la lucidez

Ya en la segunda parte de su libro, Ilios Kotsou nos acerca a Los caminos de la lucidez. Y es la primera de estas vías La tolerancia, que, en este caso, se refiere a la alternativa a los comportamientos de evitación descritos en la primera parte; se trata de la capacidad de soportar y aceptar lo que se desaprueba y se considera desagradable, referida únicamente a nuestros malestares interiores. En psicología recibe el nombre de aceptación y se la define como el consentimiento a permanecer en contacto con las propias experiencias interiores desagradables.

No se trata de buscar, apreciar o cultivar tales emociones desagradables, sino, simplemente, dejarlas existir, no malgastar tanta energía en combatirlas, huyendo de ellas o reprimiéndolas. Tarea nada sencilla para la que el autor ofrece algunas guías.

Hay que tener en cuenta que no se cuestiona la evitación en sí misma, sino solo la evitación compulsiva de nuestros malestares interiores. Para lo que es necesario aprender a reconocer y observar esas emociones desagradables, identificar los propios estados de ánimo; algo que es difícil de llevar a cabo cuando se está prisionero de los mecanismos de evitación.

Tolerar significa también soportar lo que se desaprueba, lo que nos da miedo; se trata, en definitiva, de hacerse amigo de nuestras emociones, afrontar las situaciones que intentamos evitar.

Aceptar nuestras emociones y sensaciones incómodas nos permite no reaccionar únicamente en función de ellas, sino también poder actuar con más libertad, sin que nuestra actitud sea determinada por ellas.

Como ventaja adicional, la tolerancia hacia nuestras propias experiencias nos permite abrirnos más a las personas a las que amamos; algo que, evidentemente, nos hace más vulnerables, pues estar abierto es exponerse a ser alcanzado, pero no significa una mayor fragilidad; esto nos enriquece la vida, haciéndola más auténtica.

Emprendido el camino hacia esta tolerancia, el final de trayecto no es inmediato. Lo que cuenta es entrenarse en identificar y renunciar a las estrategias de evitación frente a toda vivencia desagradable: tolerar es dejar existir.

Cierra este bloque un texto de Rainer María Rilke, que el autor cita por lo acertado de su expresión: “No debe, pues, azorarse cuando una tristeza se alce ante usted, tan grande como nunca la había visto antes.

Ni cuando alguna inquietud pase cual reflejo de luz, o como sombra de nubes sobre sus manos y sobre todo su proceder. Ha de pensar más bien que algo acontece en usted. Que la vida no le ha olvidado. Que ella le tiene entre sus manos y no le dejará caer.

¿Por qué quiere excluir de su vida toda inquietud, toda pena, toda tristeza ignorando, como lo ignora, cuánto laboran en usted tales estados de ánimo?”

Lejos de apego

La siguiente propuesta que nos ofrece este libro en su intento de desmontar esas falsas creencias sobre la felicidad es la de El desapego, un desapego referido a nuestros pensamientos.

Ya ha afirmado su autor que no niega la influencia de los pensamientos en nuestra vida; lo que propone es que cambiemos su naturaleza, liberarnos de las restricciones que nos imponen.

Partiendo de la base de que pensamos continuamente, el primer paso para liberarnos de su tiranía es comprender su naturaleza: nos ayudan, como útiles mapas, para comprender y desplazarnos por el mundo, pero no son el mundo.

Bajo su dominio, corremos el riesgo de perder el contacto con la realidad sensible de la que nos informan nuestros sentidos. De ahí la necesidad de diferenciar entre el mundo real y el de nuestros pensamientos, haciéndonos conscientes del propio proceso del pensar.

Nos propone que, en lugar de establecer una relación conflictiva con ellos, cultivemos una curiosidad benevolente hacia ellos; si los consideramos como simples pensamientos, nos hallamos en el camino hacia la libertad, arrancándonos de su servidumbre. No hemos de creer, por tanto, todo lo que nos cuenta la cabeza, algo nada sencillo para lo que se precisa de un entrenamiento.

En palabras del autor, “practicar la observación de nuestros pensamientos también pondrá en marcha un cambio en nuestra relación con ellos, pasaremos de una esclavitud inconsciente a una relación más libre”. Eso sí: nos advierte de que ese distanciamiento no debe aplicarse en todos los sitios y en todas las circunstancias; por ejemplo, si nos despertamos con un pensamiento de que la vida es bella, no hay por qué obligarse a distanciarse de él.

Dulzura

La dulzura para con uno mismo constituye la siguiente propuesta en la búsqueda de la autenticidad de nuestras aspiraciones y va dirigida, especialmente, para combatir la excesiva autoestima que tantas consecuencias negativas arrastra, según se vio en capítulos anteriores.

Nos dice Kotsou que la mayoría de nosotros nos miramos con dureza, como consecuencia de una doble lógica de control y culpabilidad; en un contexto de permanente comparación social y de competitividad, nos cuesta aceptar que somos seres humanos, por naturaleza frágiles e imperfectos; de ahí que intentemos ignorar o enmascarar nuestras vulnerabilidades.

Y lo que nos propone el autor es el descubrimiento de una relación que no implica evaluación ninguna, lo que nos permite escapar de la trampa de la búsqueda exacerbada de la autoestima. Si importante es ser empático y tolerante con los demás, no ha de serlo menos el actuar así con uno mismo.

¿De dónde nos viene esta dureza para con nosotros mismos? El autor apunta algunas sugerencias: la cultura de la competición (sin ir más lejos, es la que nuestra Lomce plantea), el narcisismo, la educación y los mensajes parentales críticos y, en definitiva, la cultura occidental en la que no está bien considerado el tratarse a sí mismo con dulzura.

Y no se tiene en cuenta que esta dulzura alienta también el vínculo social y el sentimiento de pertenencia a una comunidad humana, permitiendo gestionar los conflictos y favoreciendo la apertura, el afecto y la tolerancia, no solo con la pareja, sino con el otro en general.

Esta actitud de autotolerancia nos lleva a comprender que el fracaso forma parte de la experiencia humana, comprensión que contribuye a calmar los sentimientos de derrota ante ellos y a evitar el aislamiento al que aquella induce. Evidentemente, esto no significa que hayamos de ser complacientes con nuestros defectos y errores y que podamos renunciar a cambiar y mejorar, muy al contrario nos debe incitar a corregirnos y a dar lo mejor de nosotros mismos.

Tal actitud de dulzura para con uno mismo no es innata; necesita aprendizaje para su desarrollo y a tal finalidad se han elaborado técnicas que colaboren en el aprendizaje. Y concluye el autor: “una persona con un elevado nivel de compasión hacia ella misma estará mucho menos a la defensiva: admitirá con más facilidad sus errores, se perdonará, pero también será más realista e intentará hacerlo mejor cuando la ocasión vuelva a presentarse”.

Nos liberamos

En el último capítulo de la obra, el autor nos revela algo más sobre el ombliguismo que vimos más arriba y la manera de comprenderlo para superarlo. Se trata de La liberación de uno mismo.

Ya se dijo que el ombliguismo reduce nuestra flexibilidad y limita nuestras elecciones, nos encierra en un marco referencial predefinido y nos hace correr el riesgo de perder de vista nuestros vínculos con los demás y con el mundo. “Prisioneros del ombliguismo, demasiado cargados con el equipaje de nuestra historia, acabamos por llevar maletas muy pesadas que nos impiden buscar y construir nuestro camino con total libertad”, nos dice Kotsou.

Con el ombliguismo, sobrevaloramos nuestra capacidad de libre albedrío y nuestro grado de autonomía, olvidando que todos nuestros comportamientos están influidos por numerosos elementos, tanto internos como externos; y nos hace olvidar que todos somos susceptibles de comportamientos censurables. De ahí que tomar conciencia de ello nos haga más libres y nos convierta en mejores ciudadanos.

¿Somos nuestra historia?, se pregunta el autor y recomienda distinguir entre lo que son nuestros pensamientos y lo que en realidad somos, nuestra imagen y nuestra realidad. No por tener un pasado doloroso hemos de creer que somos una mala persona, que no merecemos ser amados o todo lo contrario, imaginarnos una imagen muy positiva de nosotros basándonos en una historia más positiva.

Porque estar menos enganchados al ombliguismo nos permite abordar las situaciones de la vida con más sabiduría. Y ¿qué entiende por sabiduría? Pues una cualidad definida por tres componentes: 1) la capacidad de reconocer que nuestro propio saber es limitado; 2) la conciencia de que el mundo cambia continuamente; y 3), dirigir nuestro interés hacia el bien común en lugar de a nuestros intereses particulares.

Una vez que tomamos menos en serio nuestras historias y nos despeguemos de las etiquetas con que nos vestimos, estamos en condiciones de extraer una perspectiva más fluida de nuestra propia experiencia.

Para ello debemos aprender a observar nuestros pensamientos (juicios y justificaciones), nuestras emociones y sensaciones tal y como se presenten, en el momento en que surjan y a verlas evolucionar momento a momento; es la perspectiva del denominado “yo observador”.

Como concluye el autor, citando a Einstein, “nuestra tarea debe ser liberarnos de esta prisión ampliando nuestro círculo de compasión para abrazar a todas las criaturas vivas y a la naturaleza entera en su belleza”.

El libro finaliza con un capítulo de Conclusión: la lucidez, al que sigue una nota del autor y un epílogo firmado por Matthieu Ricard. En la primera nos invita a dejar de cavilar sobre lo que debería ser distinto y a aceptar la realidad del momento.

La lucidez es la capacidad de desilusionarnos y de percibir la realidad como es y no como nos gustaría que fuese; de comprender que la vida comportará momentos de malestar. Y tener en cuenta que lucidez no es sinónimo de apatía o resignación, sino que es una actitud que nos conduce a no tratar de controlar lo que a fin de cuentas no controlamos.

En nuestras relaciones, la lucidez nos hace constatar la otredad, el hecho de que todos funcionamos de manera diferente; también la impermanencia, que en nuestras vidas todo cambia continuamente; y que es imposible cambiar al otro cuando y como desearíamos.

La lucidez nos orienta a vivir los valores que son importantes para nosotros, en lugar de pretender que el mundo, los demás, se ajusten a ellos. La lucidez nos hace percibir el éxito como un regalo y no como un deber; es clave para comprender que el resultado de nuestras acciones no depende únicamente de nosotros.

Y nos abre a la gratitud, esa emoción que facilita el saborear más plenamente nuestras experiencias vitales favorables.

En este párrafo, extenso, Ilios Kotsou nos resume el contenido de su libro: “Todas las soluciones que se repasan en la primera parte de esta obra comparten la característica de no ser más que ilusiones, se trate de la obsesión por la felicidad placentera, de una vida sin malestar o de control de nuestros pensamientos, o de que nos olvidemos de nosotros mismos en la búsqueda de autoestima o en un ombliguismo reductor.

Las alternativas elegidas tienen en común la desilusión, una consciencia ampliada, que participa de una dichosa lucidez: tolerar nuestros estados de ánimo, incluso cuando son incómodos; no tomarnos los pensamientos demasiado en serio; aceptar nuestra fragilidad con dulzura y ampliar nuestra concepción de nosotros mismos.

Nuestra existencia pasa a ser contemplada sobre todo más como una experiencia que vivir y no como un problema que hay que resolver. Ello nos da la posibilidad de actuar y de vivir para amar mejor”.

Tras el Epílogo de Ricard, unas páginas nos ofrecen la bibliografía seleccionada.

Concluyendo

Nos encontramos ante una obra sugerente y sugestiva. Redactada en un estilo muy ameno, aderezado con ejemplos prácticos y las conclusiones de diversos estudios científicos, aportados como argumento en apoyo de sus postulados, puede parecer un libro más de autoayuda; pero no van por esa senda las intenciones de Ilios Kotsou.

No nos ofrece unas recetas mágicas encaminadas a un logro inmediato. Lo que nos brinda es una serie de reflexiones muy acertadas sobre nuestra realidad que, como consecuencia, nos permitirán blindarnos ante los cantos de sirena que invitan a una felicidad que ni siquiera sabemos definir bien y que, más que una meta, es un camino, una manera de caminar.

Que puede ser incómodo para quienes abogan por una teorías bien definidas en este ensayo como provocadoras de débiles ideas sobre la felicidad y la manera de lograrla, no es algo inevitable. Pero ahí están los planteamientos de Kotsou, respaldados por sus argumentos bien cimentados. Ahora corresponde al lector emitir su juicio.

Índice

Prefacio de Christophe André
Introducción
1. La trampa de la idealización

Parte I: Las trampas de la felicidad
2. Los peligros de la lucha contra el malestar
3. El mito del pensamiento positivo
4. Los espejismos de la búsqueda de autoestima
5. El punto muerto del ombliguismo

Parte II. Los caminos de la lucidez
6. La tolerancia
7. El desapego
8. La dulzura para con uno mismo
9. La liberación de uno mismo

Conclusión: La lucidez
Nota del autor
Epílogo de Matthieu Ricard
Bibliografía

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Tomado de la Revista Tendencias 21.Net

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Círculo Literario Aqoya forma parte de la Revista RafTulum

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Crean una especie de papel que habla, canta y amplifica el sonido

 

 

 

Nelson Sepulveda, associate professor of electrical and computer engineering pose with his FENG techonology on Wednesday April 5, 2017.    Nelson Sepulveda y su invento. Foto: G.L. Kohuth. MSU.

 

 

Crean una especie de papel que habla, canta y amplifica el sonido

 

“Imagínese un periódico”, agrega Sepúlveda, “en el que las hojas son micrófonos y altavoces…

Genera energía con el movimiento humano y puede actuar como altavoz y micrófono

Investigadores de la Universidad de Michigan han creado el primer dispositivo, semejante al papel, que puede reproducir diferentes tipos de sonidos. Permitirá fabricar banderas que cantan, periódicos que hablan y parches informáticos activados por la voz, así como dará paso a una nueva generación de bafles.

Investigadores de la Universidad Estatal de Michigan han desarrollado un dispositivo semejante al papel que genera energía con el movimiento humano y que, además, puede actuar como altavoz y micrófono, según se informa en un comunicado de la citada universidad. Los resultados se publican en ‘Nature Communications’.

Se trata del primer transductor “ultrafino, flexible, escalable y bidireccional, lo que significa que puede convertir energía mecánica en energía eléctrica y energía eléctrica en energía mecánica”, explican los investigadores.

Este dispositivo, denominado nanogenerador de ferroelectreto (FENG por sus siglas en inglés),  puede ser utilizado para crear altavoces plegables, periódicos que hablan y programas informáticos (parches)  que se activan por la voz, para proteger los ordenadores.

El año pasado, este mismo equipo ya había demostrado la eficacia de este dispositivo, que tiene forma de hoja, para alimentar un teclado, proporcionar electricidad a luces LED o  a una  pantalla táctil. Funcionó al tacto, es decir, bastó con una pulsión táctil para que el dispositivo se activara y convirtiera la energía mecánica en energía eléctrica.

Ahora, el equipo ha descubierto que el dispositivo también se puede emplear como micrófono, ya que es capaz de captar las vibraciones del sonido y convertirlas en energía eléctrica. También se podría usar como altavoz, convirtiendo la energía eléctrica en energía mecánica.

“Imagínese un día en que alguien pueda sacar un altavoz ligero de su bolsillo, pegarlo en la pared y transmitir su discurso a una sala llena de gente”, explica Nelson Sepúlveda, profesor asociado de Ingeniería Eléctrica e Informática de la MSU. “O imagine un periódico en el que las páginas actúan como micrófonos y altavoces”, añade.

Tecnología

La tecnología subyacente en este dispositivo consiste en una oblea de silicona fabricada con diversas capas de plata, poliimidas (grupo de polímeros fuertes y resistentes al calor y a los agentes químicos) y de la fibra sintética conocida como polipropileno, a las que se añaden iones. Cada capa del dispositivo queda así conteniendo partículas cargadas. La energía eléctrica se crea cuando el dispositivo es comprimido por el movimiento humano, o energía mecánica.

Con este sistema los investigadores crearon un parche de seguridad que se vale del reconocimiento de voz para acceder a un ordenador. “El dispositivo es tan sensible a las vibraciones que capta los componentes de frecuencia de su voz”, explican los investigadores.

Para demostrar el efecto de altavoz, el dispositivo se incrustó en una bandera de la citada universidad y la música se canalizó desde un iPad a través de un amplificador. La bandera reprodujo un himno de forma impecable. “La bandera misma se convirtió en el altavoz”, explica  Sepúlveda.

Los investigadores piensan al respecto que esta tecnología puede sustituir en el futuro a los bafles tradicionaes que necesitan una fuente de alimentación muy potente.

“Imagínese un periódico”, agrega Sepúlveda, “en el que las hojas son micrófonos y altavoces. Usted podría tener esencialmente un periódico activado por voz que le conteste”.

Wei Li, investigador de ingeniería de MSU y autor principal del artículo en Nature Communications, añade que otras aplicaciones potenciales del FENG incluyen láminas que anulan el ruido y una pulsera de control de salud que está protegida por la voz.

“Muchas personas se están enfocando en los aspectos visuales y táctiles de la electrónica flexible”, dice Li, “pero también estamos destacando las posibilidades de hablar y escuchar de esta tecnología”, añade.

Referencia

Nanogenerator-based dual-functional and self-powered thin patch loudspeaker or microphone for flexible electronics. Nature Communications 8, Article number: 15310 (2017). doi:10.1038/ncomms15310

Jueves, 18 de Mayo 2017

Redacción T21

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 Circulo Literario Aqoya forma parte de la revista RafTulum

 

ENSAYO: Cosmología actual, Filosofía y Religión

 

 

 

 

Cosmología actual, Filosofía y Religión

Autor: Carlos Alberto Marmelada Sebastián

 

 

1.- El universo en expansión.

El Universo y sus astros siempre han ejercido una fascinación que ha cautivado al espíritu humano. Desde tiempos inmemoriales el hombre ha ansiado conocer el origen y la estructura del Universo; hoy, además, desearíamos saber cuál será su destino final.

Gracias a las nuevas teorías científicas y al espectacular avance de los instrumentos y las técnicas observacionales en el siglo XX hemos logrado elaborar una cosmovisión capaz de dar respuestas científicas plausibles a estas preguntas. ¿Cuál es la génesis histórica de nuestra actual cosmovisión? ¿Cuáles son sus fundamentos? ¿Qué limitaciones tiene?.

Durante milenios la humanidad creyó que el Universo era eterno, esférico y de un tamaño muy reducido, en comparación con las dimensiones actualmente conocidas. A principios del siglo XX se produjo un cambio cualitativo en el campo de las concepciones cosmológicas.

A partir de los trabajos publicados en 1917 Einstein propuso una imagen del Universo que se caracterizaba por ser esférico y estar en equilibrio. Teóricamente la fuerza de atracción gravitacional, después de miles de millones de años de existencia, debería de haber colapsado el Universo. Pero resulta evidente que esto no ha sucedido.

Según el físico alemán el Universo no se colapsa porque existe una fuerza de repulsión que contrarresta los efectos de la atracción gravitatoria y hace que permanezca en equilibrio. Einstein denominó a dicha fuerza que equilibraba el Universo: constante cosmológica, y la representó con el término Lambda.

El holandés Wilhelm De Sitter, partiendo de los trabajos de Einstein, afirmó que el Universo estaba en expansión y lo hacía de forma espiral. Por su parte, el físico ruso Alexander Friedmann, apoyándose en los estudios de los dos autores citados, sostuvo que el Universo de Einstein no era estable, sino que variaba en el tiempo, ya fuera expandiéndose o contrayéndose, en cualquier caso Lambda era un parámetro inútil.

En 1927 un sacerdote católico belga, Georges Edward Lemaître (1894-1966), partiendo de las teorías de Friedmann, propuso la hipótesis de que las galaxias procediesen de un núcleo inicial que denominó “huevo cósmico” o “átomo primigenio”.

En efecto, si Friedmann tenía razón y el universo se hallaba en expansión, al recorrer el tiempo a la inversa, es decir, del presente hacia el pasado, deberíamos llegar a un instante en el que t (tiempo) fuera igual a cero (t=0). En ese momento toda la materia del Universo estaría concentrada en un punto del espacio-tiempo denominadosingularidad cósmica o singularidad del Big-bang. En un volumen mínimo, se concentraría toda la masa del Universo, lo que significa que tanto su densidad como su temperatura serían descomunales.

Hasta principios de los años treinta todo esto no era más que pura teoría, no existía ningún indicio experimental que avalara estas hipótesis. Pero fue por esas fechas cuando el astrónomo norteamericano Edwin Hubble (1889-1953) comenzó a publicar los resultados de sus trabajos experimentales llevados a cabo la década anterior.

Hubble analizó la luz procedente de las galaxias y llegó a la conclusión de que las que se hallaban más lejos de nosotros sufrían en el espectroscopio un “corrimiento hacia el rojo” más acelerado que las que estaban más cerca.

Esto significaba que cuanto más distante de nosotros se hallase una galaxia a mayor velocidad se iba alejando. Por primera vez se tenía una muestra experimental a favor de la expansión del Universo *(1).

En 1948 George Gamow, Ralph Alpher y Robert Hermann, hicieron pública una reformulación de la teoría de Lemaître, destacando el hecho de que predecían teóricamente la existencia de unaradiación cósmica de fondo (RCF) fruto de la explosión inicial, algo así como el eco de la gran explosión.

Pero la teoría del Big-bang, continuaba siendo demasiado hipotética y, además, no lograba resolver serias dificultades, tales como la datación de la antigüedad del Universo cuyos cálculos arrojaban resultados a todas luces imposibles, pues le daban al Universo una edad inferior a la del sistema solar *(2) ; además, sólo se hallaba una explicación correcta para la formación del hidrógeno y del helio, pero no para la de los restantes elementos químicos por entonces conocidos.

2.- El Universo estable.

En 1948 Hermann Bondi y Thomas Gold, con la posterior incorporación de Fred Hoyle *(3), propusieron una teoría cosmológica alternativa a la del Big-bang. Según estos autores el Universo estaba en expansión, pero no tenía ningún origen en el tiempo. No existía ningún instante t=0. El Universo era eterno y, aunque se hallaba en expansión, siempre había permanecido igual, fuera cual fuera la región del espacio que observáramos.

Esto era así porque se creaba materia continuamente, de manera que la nueva materia creada iba ocupando el espacio dejado por las galaxias en expansión.

Esta propuesta recibió el nombre de “Teoría del Estado estacionario” (Steady State) y afirma la existencia de un Universo homogéneo eisótropo, es decir, que tiene el mismo aspecto sea cual sea la región del espacio que observemos y el tiempo (momento) en el que lo hagamos. Estas dos características, homogeneidad e isotropía, son conocidas con el nombre dePrincipio cosmológico perfecto.

La Teoría del Estado estacionario rechazaba totalmente la hipótesis de que existiera una RCF, puesto que, según ellos, no había habido ninguna explosión inicial, lo que significaba que en caso de descubrirse su existencia esta teoría se vería seriamente comprometida.

Es muy importante subrayar que los motivos ideológicos no estuvieron ausentes en la formulación de esta teoría. En efecto, la hipótesis del Big-bang parecía implicar la existencia de un Creador que debería ser el autor delátomo primigenio que al explotar daría lugar a nuestro Universo. La teoría del Estado estacionario prescindía de un Creador porque no había ningún instante inicial a partir del cual surgiera todo.

El Universo simplemente era eterno; o lo que es lo mismo, por decirlo con una expresión de Stephen Hawking: carecería de borde en el tiempo.

3.- El big-bang de la “Teoría del Big-Bang”.

Después de más de una década de fuerte crisis en 1964 la teoría del Big-bang recibió un impulso inesperado. Dos ingenieros norteamericanos, Arno Penzias y Robert Wilson hallaron, casualmente, la célebre radiación cósmica de fondo.

Esto significo un golpe funesto para la teoría del Estado estacionario y supuso el aldabonazo definitivo para la teoría del Big-bang. En 1992 el satélite COBE confirmó este hallazgo con la detección de más radiación de fondo.

Naturalmente todas las dificultades no desaparecieron de golpe por el hecho de haber hallado la RCF. La pregunta sobre ¿qué había antes del Big-bang? se volvió más acuciante. Ahora bien, se trata de una pregunta absurda por definición, por la sencilla razón de que la Teoría del Big-bang lo que precisamente afirma es que tanto el espacio como el tiempo, se crearon en el mismo momento de la gran explosión, o lo que es lo mismo: espacio y tiempo nacieron con el Universo, son propiedades suyas y, por lo tanto, no pueden existir al margen de él.

Por consiguiente, no tiene sentido preguntar qué había antes del tiempo, puesto que la pregunta, formulada de esta forma, implica la afirmación de la existencia del tiempo antes de que el tiempo existiera, lo que resulta contradictorio.

También podríamos preguntarnos ¿qué es lo que sucedió para que se produjera el Big-bang? La pregunta también es científicamente absurda. Todo lo que sea preguntar por las condiciones anteriores a t=0 carece de sentido, desde el punto de vista de los métodos de investigación de la ciencia positiva, tanto en su rama experimental como en su vertiente puramente teórica.

Es más, los científicos afirman que ni siquiera podemos preguntarnos ¿cómo fueron los primeros instantes de la existencia del Universo?, entendiendo por “primeros instantes” el tiempo transcurrido entre t=0yt=10-43 segundos.

Esto se debe a una razón muy simple, nuestros conocimientos científicos acerca de la realidad material sólo son válidos a partir de un instante superior at=10-43 segundos (el denominado Tiempo de Planck) posterior a la gran explosión. ¿Qué sucedió entre t=0 y t=10-43 segundos? J.S. Trefill dice que es el “Reino de los dragones”. ¿Qué significa esto? Muy sencillo, se trata de una manera simpática y divertida de reconocer que no tenemos ni la menor idea.

De momento el Tiempo de Planck representa un umbral infranqueable para el conocimiento científico experimental.

Se puede hacer alguna incursión especulativa, pero todavía resulta un ámbito de investigación que supera nuestras capacidades actuales; porque en esta etapa de la historia del Universo la temperatura, la densidad y la presión son tan altas que las leyes de la física se derrumban perdiendo su significado. ¿En el futuro podremos disponer de elementos teóricos que nos permitan saber con certeza algo de esta época? Tal vez.

Pero también podría tratarse de un horizonte definitivamente infranqueable, un límite físico absoluto del conocimiento humano.

4.- El Universo pulsante.

Para superar las dificultades que representaba la afirmación del origen temporal del Universo, pero intentando superar el desprestigio en el que había caído la teoría del Estado estacionario, en los setenta se propuso una nueva hipótesis cosmológica que aceptaría la existencia de una gran explosión pero descartaría cualquier referencia a un Creador (ésta era una motivación ideológica muy importante en la afirmación y aceptación de esta teoría cosmológica).

Se trata de lateoría del Big-crunch. El Universo se expandiría fruto de una gran explosión, pero al haber una cantidad de materia superior a un determinado valor, denominado “densidad crítica de materia” y representado por la letra griega Omega, la atracción de la gravedad primero detendría la expansión y, luego, contraería el Universo hasta colapsarlo sobre sí mismo.

La disminución del volumen del Universo provocaría un aumento de su temperatura, de su densidad y de la presión produciendo una nueva explosión cósmica que daría lugar a otro Universo, pero que nuevamente vería frenada su expansión por la acción de la gravedad, para contraerse y volver a iniciar un nuevo ciclo. Este proceso se repetiría infinitas veces. La resultante: un Universo sin origen ni fin.

Respecto a esta teoría cabe comentar tres cosas:

  1. a) Los estudios más recientes que se han llevado a cabo en este campo indican que la cantidad de materia (visible, oscura y antimateria) existente es inferior a la densidad crítica de materia, lo que significa que la fuerza de la gravedad no podrá detener la expansión cósmica, de manera que el Universo no podrá colapsarse dando lugar a un nuevo Big-bang y, con ello, a otro Universo.

  2. b) En segundo lugar cabe destacar la objeción formulada por el prestigioso Premio Nobel de Física Steven Weinberg. Según este autor, cada uno de los ciclos de explosión-implosión experimentado por el Universo debería comenzar con una cantidad de fotones (luz) mayor que la del ciclo anterior.

    Al haberse producido un número infinito de ciclos (recuérdese que la teoría del Big-crunch postula que no existe ningún tipo de inicio en el tiempo, no existe ningún ciclo inicial) actualmente debería de haber una cantidad de luz infinita, lo que significa que, de ser cierto el argumento de Weinberg, no existiría la “oscuridad de la noche” *(4).

  3. c) Finalmente se deben destacar los motivos ideológicos por los que es apreciada esta teoría. En efecto, sucede que, tal como reconoce Weinberg: “algunos cosmólogos se sienten atraídos por el modelo de las oscilaciones porque, como el modelo del estado estable, evita bien el problema del Génesis” *(5).

    Sin embargo, ni el modelo del Big-crunch (oscilaciones) ni el modelo del Steady state (estable) evitan, ni bien ni mal, el “problema del Génesis” (la no necesidad de un Creador), ya que estas dos teorías físicas se basan en el error filosófico de suponer que la creación sólo puede darse si lo creado llega a la existencia a partir de un instante dado, sin comprender que no sería irracional admitir la hipótesis de una creación que fuera eterna.

    En efecto, un Dios omnipotente y eterno podría crear el Universo o bien en un momento determinado, o bien podría hacerle existir desde toda la eternidad, de manera que el Universo sería eterno pero creado, o dicho de otro modo: podría ser coeterno con su creador si es que esa fuese su voluntad.

    Esto último sería metafísicamente posible pro la sencilla razón de que la creación no consiste en la simple posición del ente en el tiempo, sino en la donación del ser al ente, o lo que es lo mismo: en la participación que el ente tiene del ser; y esto, el Creador, podría hacerlo a partir de un instante determinado (t=0) o desde siempre (t=infinito). En definitiva, se trataría de algo que formaría parte de su libre elección.

5.- La auto-creación del Universo.

Para salvar el escollo de ambas teorías, a partir de la década de los ochenta, y sin abandonar totalmente el ámbito de las motivaciones ideológicas, algunos científicos, entre los que destaca Stephen Hawking, propusieron la noción de Auto-creación del Universo.

Éste habría tenido un comienzo en el tiempo (con lo que se descartaría la teoría del Estado estacionario), pero no estaría sometido a un continuo flujo y reflujo de ciclos de expansión y contracción (rechazándose así la teoría del Big-crunch). Sin embargo, no cabría pensar en ningún Creador, ya que el Universo se habría creado a sí mismo.

Ya el griego Parménides, hace más de dos mil quinientos años, había advertido que desde el no-ente absoluto no podía surgir el ente. ¿Qué le habría impulsado a existir? Se preguntaba el metafísico de Elea. Es más ¿Por qué el universo empezaría a existir a partir de un momento determinado y no antes o después si era eterno?.

En definitiva ¿cómo sería posible que el Universo se creara sí mismo? Según estos autores el Universo podría haberse originado a partir defluctuaciones topológicas de la gravedad cuántica, realizadas sin causa alguna, y que habrían dado lugar a estructuras espacio-temporales creadas a partir de la nada cuántica, este proceso es denominado “transición topológica”.

A partir del espacio-tiempo vacío se producirían partículas materiales mediante fluctuaciones del vacío cuántico; finalmente, el Universo se crearía a partir de esas partículas de acuerdo con las leyes físicas que producirían el Big-bang.

Esta concepción cosmológica se basa en teorías altamente hipotéticas, incluso alguna de ellas todavía no tiene un estatuto epistemológico claramente definido (este es el caso, por ejemplo, de la Teoría de la gravedad cuántica, teoría que intenta unificar la relatividad general y la mecánica cuántica), lo que resulta admitido incluso por sus propios partidarios.

La auto-creación del Universo se basa en dos extrapolaciones difícilmente justificables desde un punto de vista científico. En primer lugar hay que señalar que las teorías sólo pueden ser consideradas científicas si sus hipótesis pueden ser sometidas al control de un experimento, ya sea real o imaginario (Galileo y Einstein, por ejemplo, utilizaron mucho este tipo de experimento).

Pues bien, la nada absoluta, es decir, la nada metafísica, no es, por definición, algo que pueda relacionarse con ningún tipo de experimento, ni real ni posible, por lo tanto se trata de una idea que cae totalmente fuera del campo de la ciencia.

El método de investigación científico lo que hace es relacionar un estado físico con otro, de manera que el origen absoluto del Universo, entendido como creación absoluta a partir de la nada, caería fuera del terreno de la ciencia ya que ésta, la nada absoluta, no es un estado físico experimentalmente analizable.

Así pues, cuando algunos científicos dicen que el Universo pudo haberse creado a sí mismo desde la nada no se están refiriendo al concepto de nada utilizado por la metafísica o la teología creacionista.

De modo que, esa nada de la que surgiría el Universo habría de ser, de alguna manera, no un vacío absoluto, sino “algo”. Esta confusión conceptual se da también con otros términos (v. gr.: espacio, tiempo, materia, vacío, etc.…) que tienen sentidos distintos si los consideramos desde una perspectiva filosófica o científica.

Por ello se debe tener muy claro cuál es el significado conceptual de un término cuando estamos trabajando en un ámbito del saber humano (el científico, por ejemplo) o en otro (como podría ser el filosófico o el teológico).

Precisar claramente el significado de los conceptos utilizados en nuestros razonamientos delimitando el campo semántico en el que vamos a utilizarlo podría evitar muchos malos entendidos al hacer que cada área del saber humano permanezca en el plano que le es adecuado.

En segundo lugar se debe tener presente que las teorías de la auto-creación del Universo se basan en la combinación de múltiples elementos procedentes de diversas teorías científicas; elementos que constituyen, precisamente, sus puntos más polémicos.

Por ejemplo, de la mecánica cuántica se toma la controvertida idea de que existen fenómenos sin causa, y la afirmación de que puede crearse -y aniquilarse- materia, ambas afirmaciones requieren matizaciones y su sentido se limita, como es lógico, al ámbito de la física. Extrapolarlas más allá de dicha ciencia es un error y esto es, precisamente, lo que sucede cuando se pretende utilizar estas tesis para afirmar la auto-creación del Universo.

Otra confusión se produciría al identificar el vacío cuántico de la física con la nada absoluta de la ontología.

De la relatividad general se extraería la idea de que el espacio y el tiempo pueden ser considerados estructuras independientes de la materia, sin embargo la teoría general de la relatividad lo que afirma es que las zonas donde hay materia son, desde el punto de vista matemático, regiones en las que el espacio-tiempo tienen una mayor curvatura, que serían los cuerpos materiales.

En definitiva, las teorías que postulan la auto-creación del Universo se basan en afirmaciones altamente hipotéticas, en combinaciones de elementos teóricos discutibles y, además, en la transmutación semántica de algunos términos utilizados por diversas ramas de la ciencia e incluso de la filosofía o la teología, que pasan a ser empleados con otro significado en otras ramas de la ciencia; de manera que se les pretende dotar de un determinado sentido físico cuando o bien su significado original es filosófico o bien son tomados de otras teorías científicas en las que tenían un significado y una función original diferente.

6.- “Expulsar al creador”.

Parafraseando a Stephen Hawking, podríamos decir que “Expulsar al Creador” ha sido una de las prioridades esenciales de los defensores de las teorías de la “Auto-creación”. Ahora bien, si se quiere ser racionalmente riguroso (por lo que los prejuicios ideológicos deberán ser dejados de banda) nos encontraremos con el hecho de que incluso aceptando la hipótesis de que el Universo se autocreara no queda excluida la posibilidad de hacer referencia a un Creador, dicho de otro modo: no resulta irracional afirmar su existencia. ¿Por qué? Por la sencilla razón de que el Universo tiene el origen, sea cual sea éste, y la estructura que tiene gracias a que existen unas leyes físicas que le hacen ser como es.

Pues bien, si el Universo se crea a sí mismo lo hará porque unas determinadas leyes físicas le hacen originarse de este modo. Ahora bien ¿cuál es el origen de esas leyes físicas? Ellas no pueden ni: a) originarse con el Universo, puesto que han de serle, de alguna manera,anteriores para poder originarle, ni b) originarse a sí mismas, ya que nada puede ser causa-efecto de sí mismo.

Así, pues, incluso aceptando la hipótesis de que el Universo se hubiera creado a sí mismo, no resultaría irracional la aceptación de la existencia de un Creador.

A finales de los ochenta del pasado siglo Hawking sorprendió con un libro que fue un auténtico best-seller: Historia del tiempo *(6). El objetivo que se marcaba Hawking era responder a la pregunta: “¿qué es lo que insufla fuego en las ecuaciones y crea un universo que puede ser descrito por ellas?” *(7); o lo que es lo mismo: ¿por qué existe el universo?

Y ¿por qué es cómo es?. El optimismo cientificista con el que se redactó aquella obra llevó a Hawking a concluir que: “si encontráramos respuesta a esto, sería el triunfo definitivo de la razón humana, porque entonces conoceríamos el pensamiento de Dios” *(8). Cuando escribió este libro su meta era: “una completa comprensión de lo que sucede a nuestro alrededor y de nuestra propia existencia” *(9).

La conclusión a la que llegó Hawking en esa obra era la existencia de un universo autocontenido, sin principio ni fin, limitado pero sin fronteras ni bordes, en donde no hay lugar para un creador; en el universo de Hawking Dios no tiene nada que hacer, no le queda ningún papel por representar *(10). Todo esto sería posible a partir del momento en que formuláramos una Teoría del Todo que nos permitiera comprender la totalidad de la naturaleza a partir de unas leyes fundamentales.

El optimismo de Hawking quedaba patentizado en la siguiente afirmación: “Todavía creo que hay razones para un optimismo prudente sobre el hecho de que podamos estar ahora cerca del final de la búsqueda de las leyes últimas de la naturaleza” *(11).

En El universo en una cáscara de nuez *(12); obra publicada en el año 2002, Hawking insiste en la idea de que el universo está autocontenido y no tiene fronteras *(13), con las consecuencias filosóficas, antropológicas y teológicas que ello conlleva. Sin embargo el optimismo de Hawking muestra aquí oscilaciones.

Por un lado insiste en que: “ya hemos hecho notables progresos en la comprensión del cosmos, particularmente en los últimos años. Aunque no tenemos una imagen completa, podría ser que no estuviera lejana” *(14).

Pero, por otra parte, esta explícita declaración optimista de cientificismo promisorio triunfante choca con la moderación expresada en el Prefacio, en donde declara que: “en 1988, cuando fue publicada por primera vez la Historia del tiempo, la Teoría definitiva del Todo parecía estar en el horizonte (…)hemos avanzado mucho desde entonces, pero aún queda mucho camino por recorrer y aún no podemos avistar su fin” *(15) ¡Qué significativas son estas palabras!.

La Teoría del Todo depende de la correcta elaboración de una teoría completa de la gravedad cuántica (teoría que lograría reconciliar la teoría de la relatividad general con la mecánica cuántica), algo que el propio Hawking reconoce que todavía no se ha conseguido *(16). De hecho en Historia del tiempo ya advirtió Hawking que su afirmación de la existencia de un Universo sin fronteras (y, por lo tanto, sin “tarea” para Dios) era tan solo una propuesta porque no se sabía cómo combinar la relatividad general con la mecánica cuántica, y porque tampoco se sabía como establecer predicciones que estén de acuerdo con la realidad, algo consubstancial a toda teoría científica que se precie *(17). En su actual obra también advierte que la ausencia de contornos es igualmente una propuesta *(18).

El universo en una cáscara de nuez es un libro mucho menos beligerante. Tanto enHistoria del tiempo como en la serie de conferencias que, durante los tres años siguientes impartió por todo el mundo, Hawking no se cansó de proclamar explícitamente que Dios no tenía cabida en su universo. Ahora no es que haya renunciado a esta tesis, pero sí que la expone con menor radicalidad y de una forma mucho más sutil.

El objetivo último de Hawking es lograr demostrar que: “el origen del universo debería ser gobernado por las mismas leyes que lo rigen en otros instantes” *(19). En otras palabras: el universo debió de autocrearse a sí mismo gracias a las mismas leyes que gobiernan su desarrollo.

El problema reside aquí en cómo compatibilizar con sentido lógico el hecho de que las leyes de la naturaleza, que sólo existen cuando hay universo, sean las que hagan que haya universo. O lo que es lo mismo, las leyes de la naturaleza deberían de hacerse así mismas al mismo tiempo que hacen existir al universo.

La cuestión estriba en averiguar cómo unas leyes que nacen con el universo, hacen, al mismo tiempo, nacer al universo. En definitiva, deberían sercausa sui (causa y efecto de sí mismas), algo que resulta ser física y metafísicamente imposible.

Sin renunciar a sus planteamientos fundamentales, el actual Hawking es más consciente de las limitaciones de nuestro conocimiento, el optimismo desbordante de su cientificismo irrestricto de los ochenta ha dado paso a una cierta prudencia intelectual a la hora de exponer sus tesis, que incluye le reconocimiento de la posibilidad de que tal vez nuestra mente se vea desbordada por la complejidad de la realidad y por ello nunca seamos capaces de llegar a comprender perfectamente todo: “Debemos intentar comprender el comienzo del universo a partir de bases científicas –declara Hawking-.

Puede que sea una tarea más allá de nuestras capacidades, pero al menos deberíamos intentarlo” *(20). ¡Qué lejos se haya esta aseveración del dogmatismo con el que se expresaba Hawking en Historia del tiempo!.

7.- Ciencia, Filosofía y Religión.

En algunas ocasiones se ha podido presentar estas tres disciplinas entrando en conflicto entre sí. Tal vez puede haber habido algún momento puntual en el que esto sucediera, pero ni ha sido algo frecuente ni actualmente esto es así. Es más, no debe olvidarse que la inmensa mayoría de filósofos y científicos medievales eran hombres ordenados sacerdotalmente.

Si se quiere ser objetivo debe reconocerse, también, el hecho histórico de que los fundadores del método experimental, y con ello los padres de la nueva ciencia, eran personas profundamente religiosas. Hoy son muchos los hombres de ciencia que profesan una u otra fe, desde los que defienden una especie de panteísmo (Einstein), hasta los que son musulmanes (Abdus Salam) o católicos (Sir John Eccles). Algunos de ellos han sido galardonados con el Premio Nobel (este es, precisamente, el caso de los tres ejemplos que hemos citado).

La enumeración de los científicos de primera línea, tanto actuales como de siglos anteriores, que profesan o han profesado algún tipo de fe religiosa sería sumamente copiosa y no procedería incluirla en un artículo como este; máxime cuando existe ya una excelente obra, en lo que a este punto concreto se refiere, en el mercado editorial *(21).

¿Qué demuestra esto? ¿Qué la ciencia es la antesala de la religión? ¿Qué la ciencia, a través de la filosofía, es un camino que lleva claramente hasta Dios? La verdad es que no. Se trata de ámbitos autónomos que tienen su propio objeto de estudio y sus propios métodos de investigación.

Pero también es cierto que, por las mismas razones, la ciencia no puede ser utilizada para fundamentar las negaciones de las realidades metafísicas estudiadas por la filosofía y la religión.

Simplemente, Filosofía, Ciencia y Religión constituyen tres ámbitos de la realidad humana que, de suyo, no sólo no se excluyen entre sí, sino que se complementan, de manera que los tres, junto con muchos otros aspectos, resultan necesarios para la configuración de una vida humana integral, ya que, el conocimiento humano no se conforma con la aprehensión de las causas segundas o instrumentales (Ciencia), sino que, por naturaleza, el ser humano busca el conocimiento de las causas últimas del ser del ente (Filosofía, Religión), tal como han reconocido numerosos filósofos de innegable prestigio.

Y es que el ser humano no se conforma sólo con saber cómo es el ente (Ciencia), sino que también quiere saber por qué es (Filosofía, Religión). ¿Por qué hay ser en vez de nada? Esta es la gran pregunta que desafía a la inteligencia humana. Dar con la respuesta significa entender la realidad en su aspecto más fundamental.

Actualmente se admite de una forma unánime que la Ciencia no puede responder satisfactoriamente a las preguntas últimas que se plantea el ser humano. Si tenemos en cuenta que estas son, precisamente, las que más afectan e interesan al ser humano, por su radicalidad e importancia, comprenderemos por qué la razón humana, aún reconociendo la altísima dignidad del conocimiento científico positivo, no puede detenerse en dicho horizonte considerándolo el límite último alcanzable por el esfuerzo racional, sino que, de un modo natural se verá llevada a trascender el ámbito de la realidad sensorial para poder hallar el fundamento no empírico de la realidad empírica.

Dada esta situación, la ciencia resulta incapaz de determinar si Dios existe o no, si el alma humana existe o no, y si existe si es inmortal o no. Tampoco podremos hallar en el ámbito de la investigación científica experimental la razón última de nuestra existencia, o la respuesta que nos clarifique cuál es el sentido de nuestra muerte o el del dolor y el sufrimiento moral.

Tampoco la Filosofía podrá dar una respuesta absoluta y completa a todos estos interrogantes, pero sí podrá arrojar mucha luz y contribuir a descubrir que el ser humano tiene, por naturaleza, una apertura hacia la trascendencia. De manera que se deberá analizar y precisar cuál es el significado de dicha apertura, para poder determinar en qué consiste y que implicaciones comporta para la vida humana la relación inevitable entre el hombre y el ser Trascendente fundamento último de la totalidad de la realidad.

Notas

  1. De hecho, lo que sostiene la teoría del Big Bang es que no son las galaxias las que se alejan las unas de las otras a través del espacio, sino que es el propio espacio-tiempo el que se dilata y, al expandirse, aleja a los cuerpos que se hallan en él, de la misma manera que lo harían unos puntos de la superficie de un globo cuando éste se hinchara.

  2. Todavía hoy resulta imposible datar con toda seguridad el momento exacto en el que se produciría la gran explosión. Tradicionalmente se venía considerando que debió suceder hace unos 15 mil millones de años. Sin embargo, recientes investigaciones, que han contado con la inestimable ayuda del telescopio espacial Hubble, han adelantado la fecha de tal acontecimiento considerando como más plausible la hipótesis de que hubiera sucedido hace unos 12 mil millones de años. De todos modos, se trata de un tema abierto y sujeto a constantes revisiones.

  3. P recisamente éste sería el autor que acuñaría la célebre expresión “Teoría del Big-bang” para referirse al modelo cosmológico de expansión explosiva.

  4. Steven. Weinberg: Los tres primeros minutos del Universo; Alianza Editorial, Madrid, 1979, pp. 131-132.

  5. Weinberg. Ibidem.

  6. Stephen Hawking: Historia del tiempo. Del big bang a los agujeros negros; Crítica, Barcelona, 1989. Pese al título de la obra, se trata de un libro en el que no se estudia ni la historia del tiempo ni su naturaleza.

  7. Ibidem; p. 223.

  8. Ibidem; pp. 223-224.

  9. Ibidem; p. 218.

  10. Ibidem; pp. 186-7 y 15.

  11. Ibidem; p. 202.

  12. Crítica, Barcelona, 2002, 216 págs.

  13. Ibidem; p. 82.

  14. Ibidem; p. 69.

  15. Ibidem; viii.

  16. Ibidem; p. 147.

  17. Historia del tiempo; op. cit., p. 182.

  18. El universo en una cáscara de nuez; op. cit., p. 195.

  19. Ibidem; p.24.

  20. Ibidem; p. 79.

  21. Antonio Fernández Rañada: “Los científicos y Dios”; Ediciones Nobel, Oviedo, 2000; 390 págs. Partiendo del hecho de que “ciencia y religión han modelado el mundo y determinado los valores asumidos de tal modo que nuestra sociedad sería inimaginablemente distinta sin ellas” Antonio Fernández Rañada logra echar por tierra un tópico fuertemente establecido entre los a prioris culturales de nuestra sociedad. El autor destaca que “para una parte de la opinión pública, la ciencia se opone necesariamente a la fe en Dios y los científicos son todos ateos”, tratándose de una convicción que “forma parte de la imagen popular bien establecida”. Partiendo de estas premisas, lo que Fernández Rañada pretende demostrar es que “el sobreentendido de que ciencia y religión son incompatibles es infundado”, explicitando con toda claridad que “la tesis esencial del libro (es) la notoria falsedad del estereotipo de (que) los científicos se oponen necesaria y radicalmente a la experiencia religiosa”. De modo que cuando se sostienen que los científicos se oponen radicalmente al trascendentalismo religioso en virtud de un materialismo científico que profesan sin excepción, se está haciendo una afirmación totalmente gratuita. En rigor esto no es así, ya que “entre los científicos se reproduce la misma diversidad que observamos entre la demás gentes:. Los hay cristianos, agnósticos, ateos, musulmanes, fervorosos, tibios, teístas sin religión particular, deístas…” Ciencia y religión no son, por tanto, incompatibles. Esto lo demuestra el hecho de que el pensamiento científico y religioso no se contradicen por tratarse de dos maneras distintas de acercarse a una realidad que atrae irresistiblemente al hombre. En esta obra Rañada logra demostrar que no es cierto que los científicos sean básicamente ateos. Podría objetarse que el autor sólo cita científicos creyentes, obviando a los ateos y a los agnósticos. Cierto. Pero no hay que olvidar que lo que se persigue en este libro es, precisamente, demostrar que existen muchos científicos de primera línea que son creyentes. Un objetivo que se alcanza con creces.

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Autor: Carlos Alberto Marmelada Sebastián
Ampliación del artículo Últimas noticias: El universo se expande a ritmo acelerado. Teorías sobre el Big Bang con Dios al fondo
Publicado en: Aceprensa; Servicio 154/00
Fecha de publicación: 15 de noviembre de 2000

 

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Tomado de:  Grupo de Grupo
Ciencia, Razón y Fe

Universidad de Navarra

http://www.unav.edu/web/ciencia-razon-y-fe/cosmologia-actual-filosofia-y-religion

 

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El sitio virtual Círculo Literario Aqoya forma parte de la Revista RafTulum.

 

 

“El retorno a la infancia en el psicoanálisis”

 

 

 

 

 

 

 

 

El retorno a la infancia en el psicoanalisis

MARGARITA CARRERA

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Llegar a la madurez emocional e intelectual es algo que ha de lograr todo individuo para poder disfrutar, en paz, de los beneficios que la vida guarda; también para serle posible soportar, con supremo valor, los rudos reveses del destino.

Sin embargo, no por eso el humano ha de abandonar la infancia, ha de reprimir al niño que esconde las emociones, los sentimientos de toda índole.

El retorno a la infancia lo logran los artistas, poetas, creadores, por el simple asombro que a diario, minuto a minuto, tienen ante todas las cosas que los rodean. Ese asombro es, además, entusiasmo, alegría de formar parte de la naturaleza, de observarla, de asimilarla.

Alegría de encontrar que se es capaz de crear, amar, reír, jugar, investigar, cuestionar las leyes físicas y psíquicas, así como todos los órdenes de valores que rigen a una sociedad.

Y no marginar lo pasional. Toda obra de arte perdurable encierra la pasión, las intensas pasiones que el artista vive. Y las vive cabalmente porque conserva o rescata su infancia, que no lo abandona nunca.

Aunque pareciera paradójico, la verdadera madurez encierra, en sí, la infancia que es, sin duda, el mundo instintivo, onírico, dionisíaco. El humano que no sabe reír, llorar, bailar, jugar, decir y desdecir y, ante todo, amar con todos los riesgos y responsabilidades que este último sentimiento contiene, no es maduro y su calidad humana es deleznable.

Y este rescate de la infancia, ese retorno al mundo rebelde más que sumiso, espontáneo, puro de un egoísmo sincero —y no de un altruismo hipócrita—, se realiza no solo en el arte, sino en el psicoanálisis; y por medio de él, como por medio del arte, se llegan a revelar las grandes verdades que rigen, en un inconsciente oculto, pero imponente, la psicología tanto individual como social o colectiva.

Contiene una subida y un descenso abismal a nuestro “super-yo” —que nos reprime y esclaviza— y a nuestro “ello” —que oculta todas las emociones de construcción y de destrucción, productos ambas del amor entendido a profundidad, sin afeites ni máscaras impostoras.

Hay que aclarar que tanto en el arte como en el psicoanálisis, las verdades se representan de manera metafórica, simbólica o alegórica. Existe, luego, un lenguaje doble: lo que se dice y la interpretación de ese decir, que no es directo, sino indirecto, en una elaboración en donde funcionan mecanismos oníricos como “el desplazamiento”, “la condensación” y la implacable “censura”.

La interpretación del lenguaje artístico como del lenguaje psicoanalítico nos traduce, siempre, el drama de la represión del hombre civilizado. Se constituye, pues, en lenguaje código o jeroglífico, por medio del que desentrañamos verdades individuales, pero que, al mismo tiempo, son colectivas. Por lo tanto, universales.

Ahora bien, estas verdades alcanzadas por medio del arte o del psicoanálisis nos conducen siempre al mundo que aún está más allá de lo que determinada civilización ha llamado “bien” o “mal”; por lo tanto, “más allá del bien y del mal”, como dice Federico Nietzsche.

Este nítido mundo conmueve, así, los cimientos del “statu quo” de la civilización, ya sea que ella esté enmarcada dentro del sistema capitalista o comunista. No es, entonces, extraño, que muchas obras de arte sean condenadas —en determinadas épocas— a la hoguera; como también son condenados aquellos seres que se rebelan en contra de los sistemas represivos de la civilización, los cuales conducen al humano a las enfermedades mentales.

margaritacarrera1@gmail.com

 

“Biografía del silencio”; Pablo d´Ors

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 “Biografía del silencio”; Pablo d´Ors

 

Reseña elaborada por Antonio Martínez de la Fe.

 

Nos encontramos ante un libro pequeño, pero un gran libro. Un texto que no es nuevo, puesto que lleva ya veintiuna ediciones con más de cien mil ejemplares vendidos. Y porque su autor, Pablo d’Ors, llena las salas en las que habla del silencio y de la meditación, con personas que añoran su interioridad inmersas como están en un mundo que tiene horror al silencio.

 También nos hallamos ante una obra de difícil clasificación. No se trata de un sistema de autoayuda, tampoco de un manual sistematizado para aprender a meditar, ni de un tratado filosófico lleno de conceptos abstractos. La cuestión es que participa de todos ellos y de algunos más. Por lo que comentarlo con detalles se presenta como una tarea cuasi imposible.

Lo que sí es acertado es su título, ya que se trata de la biografía de alguien que nos invita a seguir su senda, si nos place y consideramos adecuada, en su relación con la meditación, que, en la obra, es prácticamente un sinónimo del silencio. Silencio exterior y silencio interior también.

Meditar

La primera aproximación al libro se nos aparece como una encrucijada de caminos de los que desconocemos por qué derroteros nos llevará. Porque la primera dificultad es saber qué entendemos por meditación.

En efecto: basta con echar un vistazo al panorama meditativo para que nos surjan muy diversos tipos: la budista o completa de la mente, la zazen, la trascendental, la vipassana o penetrante, la kabbalah, la mantra, la sufí, la dzoghen, la dinámica de Osho o kundalini, la metta bhavana, o la que puede acompañar al yoga en sus variantes, sin olvidar otras como la que proponía Ignacio de Loyola en sus Ejercicios Espirituales.

Pablo d’Ors no se refiere a ninguna de ellas en concreto. Por el contrario, nos narra cómo, de manera autodidacta, comenzó a meditar y, a raíz de algunas citas de su texto, nos expresa su inclinación por la meditación budista zen; nos cuenta sus experiencias, sus dificultades y cómo vive en la actualidad su meditación, su “sentada”, como él la llama, un camino espiritual que ha sido configurado por él y que intenta explicar en su obra.

Para concluir en que, para meditar, no hay que detenerse en tanta teoría, sino, por el contrario, dedicarse a practicarla.

Es cierto que nos da una serie de consejos para llevar a cabo una buena meditación: tiempo diario que hay que dedicarle, la preparación del escenario donde llevarla a cabo, la postura corporal que es conveniente adoptar.

Y nos advierte de las dificultades que encontraremos, para que no nos lleven a abandonar la meditación sino a insistir en ella: las molestias físicas de la postura adoptada, los embates del pensamiento que tienden a distraernos, lo que Santa Teresa llamaba “la loca de la casa”, el peligro de la rutina, etc.

Así, por ejemplo, nos dice: “En la meditación silenciosa y en quietud no hay adornos ni florituras: basta una habitación que no esté demasiado caldeada ni demasiado fría; basta un banquito o un cojín para sentarse y una esterilla; acaso incienso muy suave, o incluso un pequeño altar con una vela encendida… Todo está al servicio del recogimiento, todo invita a la interiorización”.

Y evita instrumentos válidos en otros tipos de meditación, como recurrir a la imaginación, tal y como ocurre en la meditación ignaciana, o a la música.

Y, a la hora de emprender la lectura de este valioso libro, hemos de pensar que, si bien sus pequeños capítulos mantienen una ilación expositiva, sin embargo, permite por lo general que se puedan leer separadamente, constituyendo cada uno de ellos un mensaje sobre el que reflexionar.

Ejemplos útiles

Espigamos del texto algunas definiciones de meditar. Nos dice d’Ors: “Solo hay que pararse, callar, escuchar y mirar; aunque pararse, callar, escuchar y mirar -y eso es meditar- se nos haga hoy tan difícil y hayamos tenido que inventar un método para algo tan elemental”.

O, en otro capítulo: “La meditación es una iniciación a la vida adulta: un despertar a lo que somos”. “Meditar es, fundamentalmente, sentarse en silencio, y sentarse en silencio es, fundamentalmente, observar los movimientos de la propia mente”. “La práctica de la meditación a la que me estoy refiriendo puede seguramente resumirse en saber estar aquí y ahora. No otro lugar, no otro tiempo”.

Detengámonos ahora en algunos de los resultados de la meditación. Hablándonos del silencio, nos dice d’Ors que no tiene nada de particular, sino que es el marco o el contexto que posibilita todo lo demás. ¿Y qué es todo lo demás? Nada, nada en absoluto, simplemente la vida misma que discurre; aunque puntualiza que, lo mismo que dice nada, puede decir todo.

Por supuesto, no se detiene en el concepto filosófico de la nada, que afirma que la nada no existe. Se refiere, más bien, a un vaciamiento interior; nos explica: “fue un gran logro comprender, y empezar a vivir, que yo podía estar sin pensar, sin proyectar, sin imaginar, estar sin aprovechar, sin rendir: un estar en el mundo, un con-fundirme con él, un ser del mundo y el mundo mismo sin las cartesianas divisiones o distinciones”.

Y, más adelante: “Gracias a la meditación he ido descubriendo que no hay yo y mundo, sino que mundo y yo son una misma y única cosa.

La consecuencia natural de semejante hallazgo […] es la compasión hacia todo ser viviente”, una convicción que aleja cualquier suspicacia de egoísmo por parte de quien medita, por tener la apariencia de querer separarse de los demás para dedicarse a uno mismo. De hecho, aunque de manera tangencial, propone como buena opción el procurar meditar junto a otras personas.

A lo largo de su relato, el autor nos apunta orientaciones sobre aspectos concretos que surgen o pueden surgir en quien medita. Por ejemplo, es habitual que seamos nostálgicos de la felicidad pasada; sin embargo, d’Ors lo considera un intento absurdo, pues es imposible rastrearla; para él, la felicidad es percepción del momento, y si nos limitamos a ese percibir llegaríamos, por fin, a lo que somos, una meta perseguida en el meditar.

Gracias a la meditación, se aprende a no querer ir a ningún lugar distinto del que se está: se quiere estar en el que está, pero plenamente.

Otro ejemplo: cómo actuar ante el dolor. Son estas sus palabras: “conectar con el propio dolor y con el dolor del mundo es la única forma, demostrable, para derrocar al principal de los ídolos, que no es otro que el bienestar.

Para lograr tal conexión con el dolor es preciso hacer exactamente lo contrario a lo que nos han enseñado: no correr, sino parar; no esforzarse, sino abandonarse; no proponerse metas, sino simplemente estar ahí”.

Sí, estar ahí con esa realidad, ya que los ideales, como el sueño de una vida sin dolor, son perniciosos, mientras que la realidad, sea la que sea, es liberadora.

Asunción de las propias responsabilidades es otro producto de la meditación. Llega el momento de no culpar a nada, a las circunstancias, ni a nadie de lo que nos acontece. Se logra evitar eso a lo que tan acostumbrados estamos, buscando responsables, cuando la dirección de la flecha indicadora, como si imantada estuviera, apunta hacia nosotros mismos.

Si alguna cita podría resumir el contenido de este bello libro, sería la del propio autor: “El camino de la meditación es por ello el del desapego, el de la ruptura de los esquemas mentales o prejuicios: es un irse desnudando hasta que se termina por comprobar que se está mucho mejor desnudo”. Es ahí donde nos encontramos a nosotros mismos, donde nos hacemos conscientes de la vida que pasa y nos limitamos a percibirla, sentirla y gozarla, libres de toda traba. Porque, según el autor, “la vida es un viaje espléndido, y para vivirla solo hay una cosa que debe evitarse: el miedo”.

Se podría seguir aportando aspectos concretos que d’Ors aborda en el libro. Pero eso sería casi reproducirlo por completo, pues no son extensas sus reflexiones, aunque sí profundas. Sirvan como invitación a sumergirnos en su lectura los ejemplos expuestos.

Concluyendo

Este es un libro para ser leído con detenimiento. Pero, sobre todo, para ser releído, para ser gustado y paladeado. A muchos de sus lectores les ha llevado a sumarse a los Amigos del Desierto, grupo creado por d’Ors y que cuenta con sedes en algunas ciudades españolas; un grupo que es más una congregación de solitarios que una comunidad.

Pero que, a no dudar, servirá a cuantos sienten una inquietud interior que les lleva a desear algo más que ver pasar la vida como un simple observador, sin vivirla con plenitud. El autor nos invita a ese adentrarnos en nuestro interior, a vaciarnos para, desde la desnudez absoluta, encontrarnos y llenarnos de la plenitud de saber que soy yo.

D’Ors no propone un listado de capítulos, pero sí, al final de la obra incluye una guía que nos oriente en la lectura de la obra y que figura con los siguientes títulos:

Guía para la Biografía del silencio

  1. Espíritu de principiante

  2. Revolver el lodo

  3. Las olas de las distracciones

  4. Resistencias y perseverancia

  5. Demasiadas búsquedas

  6. El arte de la espera

  7. El asombro de estar presente

  8. La felicidad es percepción

  9. Todo cambia

  10. Yo soy el universo

  11. Rutina y creatividad

  12. La conciencia es la unidad consigo mismo

  13. Matar los sueños

  14. Me gusta o no me gusta

  15. Calidad de las sentadas

  16. Vislumbres de lo Real

  17. Postraciones rituales y existenciales

  18. Pensar menos

  19. La sonrisa del maestro interioridad

  20. La propia porción de dolor

  21. El iceberg es solo agua

  22. La puerta sin puerta

  23. Falsos problemas

  24. Oportunidades del destino

  25. El silencio en quietud

  26. El poder del ahora

  27. Enamorados del drama

  28. Observar la mente es el camino

  29. Responsables de nuestro estar bien o mal

  30. El escenario vacío

  31. La única gran pregunta

  32. Un largo proceso de decepción

  33. Muerte de las ideas

  34. Una llamada misteriosa

  35. Ratas de biblioteca

  36. Congregación de solitarios

  37. El maestro de meditación

  38. La mirada lateral

  39. Frutos de la meditación

  40. El pequeño yo

  41. Preferencia por el no-hacer

  42. Todo depende de nosotros

  43. El dilema de la vida

  44. Nacer dos veces

  45. La vía purgativa

  46. El país de la conciencia

  47. El testigo del testigo

  48. Ética de la atención del cuidado

  49. La motivación inicial y las posteriores

 Notas sobre el autor

Pablo d’Ors (Madrid, 1963) es sacerdote católico, escritor y, por expresa designación del Papa Francisco, consejero cultural del Vaticano. Tras conocer a Franz Jalics, funda en 2014 la asociación Amigos del Desierto, cuyo propósito es profundizar y promover la práctica de la meditación. Ha publicado, entre otros libros, la llamada Trilogía del silencio, conformada por  El amigo del desierto (2009), El olvido de sí (2013) y Biografía del silencio (2012), que comentamos y que ha constituido un auténtico fenómeno editorial.

Reseña elaborada por Antonio Martínez de la Fe, 01/01/2017
Tomado de Tendencias 21.Net

http://www.tendencias21.net/libros/Biografia-del-silencio-Breve-ensayo-sobre-meditacion_a641.html

 

 

 

Martin Kallikak: cuando la literatura ficción se usa en contra de la ciencia

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Imagen: MIH83. Fuente: Pixabay.

 

 

 

La amenaza recóndita de Donald Trump: el peligroso renacer de Martin Kallikak

 

Representa la quintaesencia del pensamiento conservador norteamericano para justificar la desigualdad social

Probablemente, lo peor del peor Trump sea su profundo desprecio por la ciencia. Martin Kallikak, la quintaesencia del pensamiento conservador norteamericano para justificar la desigualdad social, es una falacia asumida incluso por el nuevo presidente republicano con una significativa variante: los emigrantes hispanos son la fuente de los malos genes de los que los que las buenas familias WAPs (blancos, anglosajones, protestantes) deben protegerse si no quieren que los Estados Unidos desaparezcan diluidos en la estulticia genética. Por Eduardo Costas y Victoria López Rodas.

A medida que se van conociendo las peculiares ideas de Donald Trump, se generaliza la preocupación. No es para menos: este curioso personaje parece tener una opinión simplista, exaltada y dogmática sobre casi todo, no muestra el menor recato a la hora de expresarla de manera radical -bordeando a menudo lo obsceno- y únicamente sus propios prejuicios avalan su verdad de iluminado.

Pero, aunque hasta ahora apenas se haya tenido en cuenta, probablemente, lo peor del peor Trump sea su profundo desprecio por la ciencia.

Con el desarrollo de la ciencia moderna –basada en la razón y el experimento- la humanidad vivió la mayor aventura intelectual de su historia, dando el paso más importante hacia la modernidad y el progreso.

Y para dar este paso tuvimos que prescindir de buena parte de nuestras creencias, dogmas, pre-concepciones y, sobretodo, de nuestra arrogancia.

En definitiva hubo que hacer justo lo contrario de lo que hace Donald Trump. En particular, una parte de la ciencia, la genética, incomoda especialmente a Trump.

La genética se desarrolló como ciencia tras miles de experimentos con plantas, moscas Drosophila, ganado, animales de compañía, bacterias, virus, levaduras y humanos.

Y sus resultados, en contra de nuestros deseos, nos dieron una extraordinaria lección de humildad, permitiéndonos explicar quienes somos, aunque esta explicación no gustó a muchos políticos, religiosos, sociólogos y psicólogos que, no teniendo la mas elemental idea de cómo funcionan los mecanismos de la herencia biológica, no estaban dispuestos a permitir que la genética echase por tierra sus prejuicios.

Lógicamente la polémica entre naturaleza y crianza (cuánto de lo que somos es el resultado ineludible de la herencia y cuánto es fruto del ambiente) cobró una extraordinaria relevancia.

Para quienes defienden la visión más conservadora de la sociedad, la herencia resulta ideal para justificar la desigualdad: los más desfavorecidos lo son porque tienen genes defectuosos; todo lo que se haga para ayudarlos a superar su situación será tirar esfuerzo y dinero, ya que su anómala genética les condena, inexorablemente, a la marginación.

El mito de la familia Kallikak

La principal prueba científica de este argumento conservador es la peculiar historia de Martin Kallikak, quintaesencia del pensamiento conservador norteamericano para justificar la desigualdad.

Martin Kallikak era un hombre de buena familia, a quien sus nobles ideales lo llevaron hasta la Guerra de Independencia de los Estados Unidos, donde luchó como un valiente.

Pero ya se sabe: en ese ambiente bélico la rectitud moral se relaja y el bueno de Martin terminó tonteando durante algún tiempo con una malvada moza de taberna un tanto corta de entendimiento.

Como resultado de sus ardores tuvo un hijo, Harry, que desde bien pequeño mostró una irresistible atracción por el mal. En su juventud ya era un taimado delincuente que, por sus muchas fechorías llegó a ser conocido como Harry ‘el Terror’.

Para colmo, Harry ‘el Terror’ fue promiscuo y a su vez engendró numerosos hijos, que fueron tan malos como él, pues eran portadores de los malvados genes de la moza de taberna.

Y estos infames hijos de Harry ‘el Terror’ siguieron con la afición a procrear y originaron nuevos descendientes a los que transmitieron los genes de su malvada abuela, lo que inexorablemente los volvió malvados y retrasados. Y así a lo largo de las generaciones.

Por lo visto, a día de hoy los numerosos Kallikak descendientes de la moza de taberna siguen siendo malvados y tontos, simple carne de presidio, o, en el mejor de los casos, de instituciones para discapacitados mentales. En todo caso ocupan los más bajos puestos de la sociedad americana.

Pero una vez olvidado el ambiente de costumbres depravadas de la guerra, Martin Kallikak volvió al buen camino. Sus excelentes orígenes se impusieron y le arrastraron de regreso a Nueva Inglaterra.

Allí se casó con una cuáquera de muy buena familia. Tuvo hijos listos, honestos y piadosos que heredaron sus buenos genes y los también magníficos genes de su piadosa madre cuáquera.

Por supuesto tras casarse con parejas de genealogía impecable, le dieron nietos igualmente capaces y bondadosos.

A lo largo de las generaciones, los Kallikak descendientes de la buena rama familiar, siguieron progresando por el buen camino. La almibarada historia de esta rama de los Kallikak no pudo acabar mejor: a día de hoy estos Kallikak son ilustres ciudadanos que ocupan lo más alto de la escala social norteamericana.

La lección de las dos ramas contrapuestas de la familia Kallikak está clara: la inteligencia y la bondad se heredan inexorablemente. Los hombres están hechos de genes buenos o de genes malos.

Y los genes son los únicos responsables del éxito o del fracaso social. Nada se puede hacer para modificar este irremediable destino. Y nunca hay que olvidar que la mezcla entre genes siempre es pésima: los buenos genes de Martin Kallikak se malograron al mezclarse con los infames genes de la moza de taberna corta de entendimiento.

 

 Estudio fallido

Aunque la historia de los Kallikak puede sonar a una burda patraña inventada por el mas ultramontano de los republicanos, la realidad siempre supera a la ficción: de hecho esta historia es el resultado de un sesudo estudio titulado The Kallikak Family: A Study in the Heredity of Feeble-Mindedness, cuyo autor fue Henry H. Goddard, uno de los más influyentes psicólogos norteamericanos, un hombre que consiguió esterilizar e internar en instituciones mentales y en muchos casos someter a crueles mutilaciones cerebrales (lobotomías prefrontales) a “idiotas e imbéciles”, esto es a personas que no conseguían sacar mas de 70 puntos en los test de IQ que Goddard les aplicaba.

Goddard argumentó que había seguido cuidadosamente el rastro de los Kallikak durante todas las generaciones hasta llegar a Martin Kallikak, documentando cuidadosamente esas enormes diferencias entre las dos ramas de la familia.

Pero las cosas no cuadraban. Otros investigadores se interesaron por la historia. Y, aparte de Goddard, nadie encontró jamás datos fiables sobre la existencia de algún Kallikak.

Las presiones aumentaron y al final Goddard tuvo que confesar que la historia de la familia Kallikak no era más que una imaginativa invención.

Y estalló uno de los mayores escándalos de su tiempo. A fin de cuentas, en ciencia resulta esencial efectuar experimentos cuyos resultados sean repetibles por cualquier otro científico. Y los Kallikak solo existían en la prejuiciosa imaginación de Henry Goddard.

Parecía que la carrera de Goddard estaba acabada y los Kallikak caerían en la fosa común del olvido. Pero lejos de caer en el desprestigio, la falacia de la familia Kalikat arraigó con mucha más fuerza. Porque la historia de los Kallikak no tiene por qué ser cierta para resultar creíble entre su público.

 Y es que Goddard acertó con el mito canónico que los conservadores más radicales buscaban: vivimos en el único mundo posible, pues la fuerza inexorable de los genes hace que unos individuos -de buenas familias- triunfen, mientras otros -de malas familias- fracasan. Y la familia Kallikak es la prueba irrefutable.

Así, la historia de los Kallikak sigue renaciendo una y otra vez como el ave Fénix. Ronald Reagan la utilizó ampliamente en su campaña electoral. Y el Tea Party también la emplea a menudo. Incluso en nuestro país un importante líder de la CEOE contó la edificante historia de la familia Kallikak.

Trump, los latinos son como los Kallikak

Como no podía ser menos, Donald Trump es fan acérrimo de los Kallikak. Pero Trump le introduce una significativa variante: a día de hoy los emigrantes hispanos, mucho mas que las mozas de taberna, son la fuente de los malos genes de los que los que las buenas familias WAPs (blancos, anglosajones, protestantes) deben protegerse si no quieren que los Estados Unidos desaparezcan diluidos en la estulticia genética.

Con la facilidad actual para acceder a la información científica, sorprende que los ultraconservadores fans de la familia Kallikak sigan siendo tan ignorantes en sus creencias: a grandes rasgos (sin entrar en la herencia materna mitocondrial y en la herencia paterna del cromosoma Y), cada uno de nosotros recibe la mitad de sus genes de su padre y la otra mitad de su madre.

Así, remontándonos en nuestro árbol genealógico tenemos la cuarta parte de los genes de cada uno de nuestros abuelos, la octava parte de cada uno de nuestros bisabuelos… y así sucesivamente.

De este modo, tras las ocho generaciones transcurridas, un Kallikak de hoy en día apenas tendría un 0.39% de los genes de Martin Kallikak. Si es de la rama familiar malvada apenas tendría un 0.39% de los genes de la malvada moza de taberna corta de entendimiento, mientras que si es de la buena rama solo tendría un 0.39% de los genes de la piadosa cuáquera.

De existir, cualquier Kallikak actual tendría mucho menos del 1% de sus genes procedentes de sus notables ancestros. Resulta difícil que estos pocos genes sigan condicionándole la vida.

Lo peor del caso es que con sus esfuerzos por revivir la falacia de los Kallikak, Donald Trump muestra su profundo desprecio por la ciencia. Pero no sólo. También muestra su incultura en humanidades.

Sócrates -mucho más inteligente que Goddard- desarrolló una falacia más hermosa que la de la familia Kallikak. El insigne filósofo se preguntó si sería posible engañar a los ciudadanos atenienses: convencerlos de que los dioses habrían creado tres clases sociales diferentes a las que se pertenecía por nacimiento.

La primera de ellas sería la de los gobernantes, que habrían sido fabricados con oro; la segunda la de los administrativos, fabricados con plata y la tercera la de los artesanos, agricultores y soldados, hechos con hierro. Esta invención daría estabilidad a la vieja Atenas: cada uno ocuparía el lugar que le corresponde en la jerarquía social, condicionado desde el nacimiento.

Y  finalmente parece que Sócrates pensó que una falacia así jamás engañaría a los atenienses.

Trump está seguro –y su victoria electoral le da la razón- de que sus simplistas argumentos van a ser mas creídos que las rigurosas pruebas científicas.

Pero debería recordar las palabras de Richard Lewontin, uno de los mejores genéticos norteamericanos: “Tenemos genes que condicionan la forma de nuestras cabezas, pero no tenemos genes para la forma de nuestras ideas”.

Artículo publicado originalmente en el blog de Tendencias21 “Polvo de estrellas”, de Eduardo Costas y Victoria López Rodas,  Catedráticos de Genética de la Universidad Complutense de Madrid.

http://www.tendencias21.net/La-amenaza-recondita-de-Donald-Trump-el-peligroso-renacer-de-Martin-Kallikak_a43620.html